El fuego

Siempre me gusto mucho de los Boricuas cuando usan el » a fuego » para dejar como sellado entre la piel y el espíritu algo que es de vital relevancia.

Los Ovambos, tribu africana. También veían en el fuego algo sagrado y en su corazón ardiente las pictóricas imágenes de sus recuerdos mayores y sus ancestros. 

A mi me vuela imaginar que en esos fuegos, también arderán algún día definitivamente mis recuerdos impresos en papel manteca, calcados por el amor y el gozo con que los viví.

Mi abuela Miriam «bebí» como la conocían.Tenía la juguetona costumbre de en épocas de carnaval llenar un fuentón de chapa lleno de bombuchas gigantes las cuales eran destinadas a Don Argento, vecino de medianera mediante. El cuál se encontraba al sol disfrutando en su pileta.

Ella era maestra de música en una escuela rural y tocaba hermosamente el piano. Añoro su árbol de Magnolia con el cuál yo compraba maestras que me odiaban, gracias a su perfume. Tenía un lagarto Overo llamado Juancho, al cuál nosotros entre primos paseabamos con un arnés rojo muy felices por la vereda del barrio.

Siempre la veía silbando hermosas canciones, seguramente eran para el abuelo Pancho. A ella yo ya la conocí vuida, mi abuelo decidió apagar su hoguera antes de tiempo y de un escobazo, se aguijoneó la sabiola y volaron palomas.

De él, solo recuerdo que fui el único que heredó para envidia de todos mis familiares, los ojos azules.

El año pasado luego de una larga aventura y después de recorrer casi toda Latinoamérica a pie. Me entero que mi abuelo por parte materna, el queridísimo abuelo Óscar «el gallo» ,se estaba apagando. Todavía recuerdo el estar en Bocas del Toro- Panamá, pensando sí me terminaría ahogando en la carpa después de dos días de llanto y de esa noticia trueno. Cuando paró esa lluvia, retorné y por suerte pudo haber despedida.

Era hijo de tano con todos sus modismos gesticulares ensamblados en Sicilia. 

Le decían gallo, porque llevaba la misma cicatriz que Carlos Tevez en su cuello , se ve que se acercó mucho al fuego cuando era chico. 

Gracias a él, soy hincha de San Lorenzo y aún lo puedo ver felíz de la vida sabiendo que vió a su amor regresar a tierra Santa, donde tantas veces vivió su pasión. Ni hablar de la Copa Libertadores, todavía debe estar saltando de alegría. Pero el abuelo, tenía una pasión más enferma enquistada, la pesca. 

Tenía incontables pilusos de todos colores, reeles y cañas de todo tipo. En su Juventud hasta la madurez ganó cantidad de torneos de pesca deportiva y cuando por fin tuvo su lancha, no hubo quién lo saque de su Ganges, el río Paraná.

Tenía un distintivo más, además de su cresta. Le gustaba ponerle el esmoquin al cigarro, las boquillas negras. Se puede decir que cuidaba sus manos proveedoras del fueguito ese.

Trabajaba en una casa de respuestos y me contaron sus compañeros y amigos que era tan loco de la pesca que recibía a la gente detrás del mostrador con una caña de pescar y en el anzuelo, un carburador de Renault 12. Era su carnada, andá a saber.

Una vez sus colegas lo timaron y el día de su aniversario de bodas, él había comprado unos zapatos a mi abuela, que ellos cambiaron por un ladrillo. Dice entre sonrizas mi abuela, que sobrevivió.

Mi abuela se llama Martha, que decir de ella.

También era maestra, pero de lengua y literatura en la escuela María Goretti.

Es una gran lectora y tiene como tesoro una gran biblioteca privada, en la cuál yo me perdía leyendo y buscando rarezas.

Ella para no ser menos que el Gallo también tiene una gran pasión y es el tejido. Es una mezcla no sé de qué araña, pero nunca para de tejer, jamás. Así ella brinda su amor, que además abriga a sus treinta y pico. Entre hijos, nietos y bisnietos.

Mi vieja también heredó lo de tejer.

La recordé mucho cuando estuve por Perú y Bolivia y vi a esas arañas milenarias en el trazado de hilos, cielos y montañas sobre el telar.

Ahí en Perú también, pero más al norte y sobre la costa, en Huanchaco Trujillo. Volví a recordar al Gallo, cuando tuve la oportunidad de pescar a la vieja escuela en las balsas de Totora. Fue ahí también donde tomé clases de surf y conocí a Rolando, un surfista peruano que trabajaba en el mismo hostal que yo. Cierto día Rolando aseguraba que yo ya estaba apto para algo más de adrenalina y me llevó a Chicama, una playa a minutos de Huanchaco. Esta playa tiene la particularidad de tener las olas más largas del mundo, con longitudes de 2km de largo antes de romper. Ese día, diez minutos después, te juro que casi se apaga mi fuego.

En el primer set de olas, que por lo general son de siete seguidas y las dos últimas las más grandes, me perdí en la violenta espuma  incesante. Viendo todas las impresiones calcadas al papel manteca y en el trasluz de un recuerdo hermoso, un brazo saca mi cuerpo flaco del agua; era un cordobés, ¡sí! un cordobés que me sube a su tabla y me dice: «¿ Guaso, estas bien? esto no es joda, papi. Vamos, deja de tragar arena te invito una cerveza «. 

Después de la cerveza, bueno, las cervezas. 

Me di cuenta que aún quedaba rollo para calcar recuerdos, pero eso sí . El fuego siempre estuvo ahí .

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