Mata ki te rangi

Carlos me enseñó mucho sobre la isla de Rapa Nui. El siendo chileno vivió varios años allí y como gran chef que es, me contó su experiencia teniendo su comedor en la isla en una de las partes más bellas de la playa Hanga Roa. Supo contarme lo difícil que era lidiar con los pueblerinos cuando se curaban (emborracharse). La mayoría de casi dos metros de alto y más de cien kilos de pura fibra y músculos, que cuando tomaban de más y se ponían a «dar jugo» (ponerse molestos y eufóricos). Su forma de controlarlos era una invitación para amansar esas fieras, con tragos gratis o la cortesía del local una comida, según Carlos era más económico lo primero que esto último.

El amaba la isla y conoció el folclor y la música de Rapa Nui. bailo sus danzas típicas con la famosa pollera de palma y colgante de flores y también un buen día tuvo el placer de conocer a los Topa Tangui ,consagrados músicos de la Isla. Que supieron tocar en su local un día abarrotado de turistas. Sin exagerar me contaba los cinco aviones y los dos o tres cruceros que llegaban por semana, llenos de turistas. Y que al bajar como bendición iba de adorno sobre cada cuello gringo, el collar de flores.

Conoció el amor con una pueblerina que también supo acarrearle algún que otro problema. Ya que sus hombres son muy posesivos cuando alguien ageno a la isla se empareja con una de sus mujeres. Que luego sería uno de los porqué abandonaría la isla de Pascua. Nadie quiere meterse con unos maoríes enojados .

Pero sus ojos negros brillaban al platicarme como ese amor lo llevo a conocer partes que solo los isleños tienen permiso ya que son lugares muy sagrados, dónde no entran turistas. Uno de esos lugares era la cueva de Ana Kai Tangata, que es una cueva de origen volcánico en la que los continuos embates del mar han ido erosionando la lava del acantilado hasta crear una cavidad de 10 metros de anchura, 5 metros de altura y 15 metros de profundidad. Su abertura da hacia el mar, donde rompen las olas con fuerza, pero al estar situada por encima de la línea de marea alta, se puede acceder fácilmente. Me contó de sus pinturas rupestres hechas por antigüos maoríes y de su piscina natural hecha por el agua que entraba del mar, dónde nadaban desnudos.

Estando ya en Chile, en la región de Atacama, específicamente en Caldera. Donde nos conocimos y tuvimos el placer de trabajar juntos en el bar del Origen. Carlos siendo mí jefe de cocina , después de esas largas jornadas íbamos a la costa con un six pack de cervezas y una blond de marihuana a revivir sus historias de la Isla, que yo encantado escuchaba, mientras el me decía : «hermano tenemos que volver , tienes que conocer, te tengo que enseñar a surfear de la manera Rapa Nui, sin usar tabla, solo el pecho, a mojarse el potito en esas aguas». Lo hacíamos siempre bajo la custodia de un Moai más pequeño a modo de monumento ubicado en la playa calderina , que según Carlos en la costa chilena habia varios y todos miraban hacía dónde estaba la isla.

Mí hermano, mí compadre, siempre seguía esa línea que hacía el Moai con sus ojos. Añorando. Y decía: «Mata ki te rangi» ( los ojos que miran al cielo) . Porque para él esa Isla, era el cielo pérdido y confundido en el mar.

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