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En estos tiempos rápidos, modernos y sin pausa, me regocijo en la filosofía y la virtud de la paciencia. Esa tan amada enseñanza que pasó de padre a hijo y de hijo a nieto.

El viento y los pies en la costa me dibujan sonrizas de niño mientras encarno manjares
con la fe de un pique exitoso.
Solo el que pesca sabe de esperas y bajo el pulgar, el pulso del agua conoce.

Por empuje, vaticino que especie y hasta el pesaje de la presa curiosa. Aunque a veces me equivoque.

En este primitivo goce de ver un atardecer que tiñe de un bronce sagrado la arena,
y donde el sol sobre el río el paisaje espeja. Hago valer el tiempo sintiendo mis pies en el barro arcilloso.

El mundo se detiene en el litoral o dónde sea que vaya, entre chamames, la tanza se oscurece por el sol caído, cortando mí paisaje favorito en dos.
Recojo y veo el anzuelo limpio
y antes de volver a la prisa del mundo me juego la magia de mi último tiro de gracia, deseando como en cada última ofrenda.

Atrapar a la bestia más grande del río.

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